lunes, 2 de octubre de 2017

'Ciudad Subterránea', un relato sobre los pliegues de la realidad

En la tradición de mi aportación anual a la revista 'Zafra y su Feria', que tan firmemente me ata a mi raíz y me conecta con mis orígenes, este año el relato es el que sigue, 'Ciudad Subterránea', una reflexión sobre los pliegues que habitan nuestra realidad, insertándonos en dimensiones desconocidas, o eliminándonos de ellas...

V

viernes, 28 de julio de 2017

Rotos. Una lectura -sin spoilers- de 'The Leftovers'



Son víctimas de la vida, de una vida especial, si es que alguna no lo es. Y están rotos, dejándose las fuerzas en la tarea de reconstruirse al mismo tiempo que se enfrentan a las sombras cuyo espacio ninguna explicación consigue llenar. Son personajes profundamente humanos, más de lo que cabría esperar en una ficción, y gracias a ese atributo de proximidad, consiguen la empatía del espectador en la gestión terrible de un dolor capaz de arrasarles, con fuerza suficiente para destruir civilizaciones enteras; a cualquiera de nosotros. Kevin, Nora, Matt, Jill, Laurie... los protagonistas de 'The Leftovers' viven en la perplejidad, y desde ella, intentan entender para poder normalizarse, detener la herida antes de que el manantial espumoso de su sangre se extinga y, en consecuencia, les extinga con él.

Rotos. Como tantos, como la mayoría de nosotros en algún momento de nuestras vidas; afortunados de habernos recompuesto si encontramos en ese trance los argumentos capaces de unir la piezas; con la belleza sutil de los desconchones, en ese caso, haciendo parecer armónicos los bordes mellados. Nadie atraviesa el mundo sin conocer el dolor, sin quebrarse ante su llegada, la rodilla hincada en el suelo y los ojos, desesperados, buscando más allá de los acontecimientos las claves para comprenderlos; ninguno traemos incorporadas las herramientas para desactivar el inclemente espadazo de las muertes, los fracasos, las decepciones o los desamores. Ser capaces de encontrar los antídotos que neutralizan esos venenos nos permite seguir adelante; más bien, nos ofrece los escenarios morales en los que hacerlo, porque seguir es la condena -o el premio- que lleva aparejada la vida.




Rotos y en el desconsuelo quienes no alcanzan los asideros de su salvación, incomprendidos, incomprensibles, incapaces de comprender y enzarzados en el turbión enloquecido del dolor; cercados por las sombras, perseguidos por ellas, resignados a compartir su espacio con el vacío al que esa ausencia les condenó. En ocasiones les miramos con la soberbia condescendiente que exhiben ciertos cuerdos ante el espectáculo inquietante de los locos; convendría hacerlo, no obstante, desde la piedad de quienes se sienten conmovidos por la tragedia de una persona derrotada por su herida, asfixiada en la pena, inhabilitada para recuperar el pulso normal de los días después de un fenómeno cuya toxicidad es incapaz de conjurar. Esos rotos son el espejo (roto) de lo que podemos llegar a ser.

Rotos y rehabilitados los demás, integrando en nuestra existencia las consecuencias de ese suceso, desenredándonos la maraña de canas, lustrándonos los muñones, digiriendo con lentitud y paciencia la hiel del fracaso, frotando con fiereza el engrudo del dolor bajo la ducha para sacarlo de nuestra piel. Seres capaces de la resiliencia, admirables por ello, no sólo en la creación del concepto, sino en el alumbramiento de los medios para conseguir alcanzar la condición última: el conocimiento, las explicaciones, el poder sanador del amor, la amistad y la compañía. Individuos complejos tras la experiencia, cubiertos por un mapa de cicatrices que, a veces, se quejan con los cambios de tiempo, recordándonos donde hubo una herida y advirtiéndonos que, aun restañada, su presencia ya nunca podrá ser eludida. Crecer, madurar, sobrevivir, e incluso vivir, entonces, se podría entender como un proceso de aceptación, reconstrucciones y memoria; una pelea por integrar las sombras en el tránsito normal de los días y que, con el paso de los años, sus roturas correspondientes terminen por verse como hermosas imperfecciones.


V

martes, 20 de junio de 2017

Pensar en círculos




El ambiente está cargado de una cierta electricidad remolona, capaz de lo mejor y de lo peor, un deseo circular y endogámico, sabio en su reiteración, pero también demasiado insistente, incómodo por la estática ensordecedora de su minúsculo zumbido, tan ínfimo como penetrante. No sirve de mucho resistirse a lo inevitable, y sin embargo, lo hacemos, en una parte importante de las ocasiones porque no tenemos el conocimiento de que será inmutable, y en otras porque nos concebimos en el absurdo titánico de las causas perdidas. Como si cambiar el signo de los acontecimientos se pareciera a modificar las fechas en una vieja agenda de papel.

Cabe contemplarnos con ternura resabiada, admitiendo que el ejercicio de la resistencia es merecedor de la admiración de quienes lo observan, con independencia de su firme candidatura al fracaso, poético y desprestigiado, y sin embargo, todavía magnético y poderoso. Somos la voluntad o no somos nada, siendo que esa capacidad para resistir toda eventualidad está construida a partir de la contumacia de la palabra, de la férrea solidez con la que el pensamiento teje su urdimbre de argumentos, motivaciones, desenfrenos y nostalgias. Todo lo que se explica a partir de una argumentación granítica tiene garantizada la supervivencia, tanto da lo desorbitado de su objetivo.

Son las palabras, cargadas y agitadas, que tienen el poder de transformar el tiempo.

Hay veces, no muchas ni tampoco pocas, en las que defraudamos nuestras propias expectativas; qué decir de las del resto. Son casos -no muchos ni tampoco pocos- tan clarificadores como necesarios: nadie se edifica sobre la planicie átona de lo siempre acertado, exitoso o correcto; en el rompepiernas del fracaso residen muchas de las respuestas que precisaremos más adelante, cuando fatigas y dilemas se afilen en la piedra de lo insalvable.  Y como en esos juegos detectivescos, sólo quien va haciendo el acúmulo de las pistas correspondientes tendrá, en el trance final de lo decisivo, las herramientas necesarias para resolver el acertijo de la vida -quizás nada más que para sobrevivir a él-.



Los pensamientos circulares tienen una capacidad de evocación casi mágica, la prodigiosa tendencia a enroscarse en tu cabeza para, cuando la maraña ofrece su apariencia más confusa, sorprenderte con aquello para lo que no estabas preparado; ideas, respuestas, soluciones o desafíos, todo puede salir de un pensamiento que gira y gira igual que un derviche persiguiendo su trance. No hay solución para algo así, tampoco está claro que se trate de un asunto que requiera de soluciones: pensar, aunque sea en círculos difíciles de comprender, ya es mejor que cualquier otro plan...


V