viernes, 28 de julio de 2017

Rotos. Una lectura -sin spoilers- de 'The Leftovers'



Son víctimas de la vida, de una vida especial, si es que alguna no lo es. Y están rotos, dejándose las fuerzas en la tarea de reconstruirse al mismo tiempo que se enfrentan a las sombras cuyo espacio ninguna explicación consigue llenar. Son personajes profundamente humanos, más de lo que cabría esperar en una ficción, y gracias a ese atributo de proximidad, consiguen la empatía del espectador en la gestión terrible de un dolor capaz de arrasarles, con fuerza suficiente para destruir civilizaciones enteras; a cualquiera de nosotros. Kevin, Nora, Matt, Jill, Laurie... los protagonistas de 'The Leftovers' viven en la perplejidad, y desde ella, intentan entender para poder normalizarse, detener la herida antes de que el manantial espumoso de su sangre se extinga y, en consecuencia, les extinga con él.

Rotos. Como tantos, como la mayoría de nosotros en algún momento de nuestras vidas; afortunados de habernos recompuesto si encontramos en ese trance los argumentos capaces de unir la piezas; con la belleza sutil de los desconchones, en ese caso, haciendo parecer armónicos los bordes mellados. Nadie atraviesa el mundo sin conocer el dolor, sin quebrarse ante su llegada, la rodilla hincada en el suelo y los ojos, desesperados, buscando más allá de los acontecimientos las claves para comprenderlos; ninguno traemos incorporadas las herramientas para desactivar el inclemente espadazo de las muertes, los fracasos, las decepciones o los desamores. Ser capaces de encontrar los antídotos que neutralizan esos venenos nos permite seguir adelante; más bien, nos ofrece los escenarios morales en los que hacerlo, porque seguir es la condena -o el premio- que lleva aparejada la vida.




Rotos y en el desconsuelo quienes no alcanzan los asideros de su salvación, incomprendidos, incomprensibles, incapaces de comprender y enzarzados en el turbión enloquecido del dolor; cercados por las sombras, perseguidos por ellas, resignados a compartir su espacio con el vacío al que esa ausencia les condenó. En ocasiones les miramos con la soberbia condescendiente que exhiben ciertos cuerdos ante el espectáculo inquietante de los locos; convendría hacerlo, no obstante, desde la piedad de quienes se sienten conmovidos por la tragedia de una persona derrotada por su herida, asfixiada en la pena, inhabilitada para recuperar el pulso normal de los días después de un fenómeno cuya toxicidad es incapaz de conjurar. Esos rotos son el espejo (roto) de lo que podemos llegar a ser.

Rotos y rehabilitados los demás, integrando en nuestra existencia las consecuencias de ese suceso, desenredándonos la maraña de canas, lustrándonos los muñones, digiriendo con lentitud y paciencia la hiel del fracaso, frotando con fiereza el engrudo del dolor bajo la ducha para sacarlo de nuestra piel. Seres capaces de la resiliencia, admirables por ello, no sólo en la creación del concepto, sino en el alumbramiento de los medios para conseguir alcanzar la condición última: el conocimiento, las explicaciones, el poder sanador del amor, la amistad y la compañía. Individuos complejos tras la experiencia, cubiertos por un mapa de cicatrices que, a veces, se quejan con los cambios de tiempo, recordándonos donde hubo una herida y advirtiéndonos que, aun restañada, su presencia ya nunca podrá ser eludida. Crecer, madurar, sobrevivir, e incluso vivir, entonces, se podría entender como un proceso de aceptación, reconstrucciones y memoria; una pelea por integrar las sombras en el tránsito normal de los días y que, con el paso de los años, sus roturas correspondientes terminen por verse como hermosas imperfecciones.


V

martes, 20 de junio de 2017

Pensar en círculos




El ambiente está cargado de una cierta electricidad remolona, capaz de lo mejor y de lo peor, un deseo circular y endogámico, sabio en su reiteración, pero también demasiado insistente, incómodo por la estática ensordecedora de su minúsculo zumbido, tan ínfimo como penetrante. No sirve de mucho resistirse a lo inevitable, y sin embargo, lo hacemos, en una parte importante de las ocasiones porque no tenemos el conocimiento de que será inmutable, y en otras porque nos concebimos en el absurdo titánico de las causas perdidas. Como si cambiar el signo de los acontecimientos se pareciera a modificar las fechas en una vieja agenda de papel.

Cabe contemplarnos con ternura resabiada, admitiendo que el ejercicio de la resistencia es merecedor de la admiración de quienes lo observan, con independencia de su firme candidatura al fracaso, poético y desprestigiado, y sin embargo, todavía magnético y poderoso. Somos la voluntad o no somos nada, siendo que esa capacidad para resistir toda eventualidad está construida a partir de la contumacia de la palabra, de la férrea solidez con la que el pensamiento teje su urdimbre de argumentos, motivaciones, desenfrenos y nostalgias. Todo lo que se explica a partir de una argumentación granítica tiene garantizada la supervivencia, tanto da lo desorbitado de su objetivo.

Son las palabras, cargadas y agitadas, que tienen el poder de transformar el tiempo.

Hay veces, no muchas ni tampoco pocas, en las que defraudamos nuestras propias expectativas; qué decir de las del resto. Son casos -no muchos ni tampoco pocos- tan clarificadores como necesarios: nadie se edifica sobre la planicie átona de lo siempre acertado, exitoso o correcto; en el rompepiernas del fracaso residen muchas de las respuestas que precisaremos más adelante, cuando fatigas y dilemas se afilen en la piedra de lo insalvable.  Y como en esos juegos detectivescos, sólo quien va haciendo el acúmulo de las pistas correspondientes tendrá, en el trance final de lo decisivo, las herramientas necesarias para resolver el acertijo de la vida -quizás nada más que para sobrevivir a él-.



Los pensamientos circulares tienen una capacidad de evocación casi mágica, la prodigiosa tendencia a enroscarse en tu cabeza para, cuando la maraña ofrece su apariencia más confusa, sorprenderte con aquello para lo que no estabas preparado; ideas, respuestas, soluciones o desafíos, todo puede salir de un pensamiento que gira y gira igual que un derviche persiguiendo su trance. No hay solución para algo así, tampoco está claro que se trate de un asunto que requiera de soluciones: pensar, aunque sea en círculos difíciles de comprender, ya es mejor que cualquier otro plan...


V

jueves, 27 de abril de 2017

Epílogo a 'Partituras de runa blanca', de Ingrid Da

Armonías, palabras transfiguradas, sueños de literatura
Víctor Charneco, escritor y periodista. Autor de la novela ‘Devuélveme a las once menos cuarto’ y del libro de relatos ‘Duelos’

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.
Autopsicografía, Fernando Pessoa

La literatura es una búsqueda, un proceso tan hermoso como arduo en el que el autor, a solas con sus anhelos, miedos y sueños, trata de encontrar algo que no siempre tiene identificado en el momento de ceder al impulso primero de la creación. Sentado ante su mesa de trabajo, acomete la tarea de contar una historia que narre el mundo, que se pueda incorporar al mundo y que no entre en contradicción con el mundo; una trama que sirva para explicar a los humanos, sus pasiones, alegrías y modos de relacionarse, pero que sobre todas las cosas, le explique a sí mismo y sea capaz de dar un sentido a su presencia en la Tierra, que responda a sus deseos o tenga la heroica responsabilidad de conjurar sus demonios. Escribir, por tanto, es una misión indeterminada, de procedimientos desconocidos y llena de rincones oscuros a los que, con algo de suerte y un mucho de esfuerzo, tal vez el texto consiga poner luz. Un acto voluntario, en cualquier caso, si es que se pueden aislar las características de la voluntariedad en un proceso que te atrapa y se adhiere a cada una de las secuencias de tu vida, horas, minutos, por supuesto segundos, envueltos en el turbión obsesivo de los personajes y sus circunstancias.

La literatura, pues, es una intuición, un camino indagatorio en el que el autor, armado por la brújula única de su pasión, va recorriendo los hitos marcados para componer el mapa donde, finalmente, se habrá de interpretar el conjunto. Con esas únicas herramientas aspiracionales y un hatillo con los alimentos básicos del espíritu, comienza a andar, a ratos con la celeridad del caminante bien instruido, otros en la lentitud persistente del experimentado; las menos con esa extraña forma de caminar que consiste en no moverse del mismo punto, los ojos recorriendo el espacio para leer en él las señales que garanticen, no el éxito, sino tan sólo la posibilidad de continuar en la búsqueda. Conforme los pies hollan el terreno, quien escribe va accediendo a algunas de las certezas que conformarán su cartografía de la ficción: en las progresivas líneas de nivel se fijarán los personajes y sus caracteres, el tono de la narración, su ritmo y tramas, e incluso el nivel de introspección en los protagonistas, cuánto debemos asomarnos a sus interiores para poder entenderlos. La topografía final cumple con la satisfacción de lo que nos deposita ante el producto redondo y hermoso de una travesía personal cuya pretensión última es la universalidad.

Quienes nos adentramos en esta búsqueda lo hacemos armados por la fortaleza acerada de los sueños, conscientes de la dificultad de la tarea y esperanzados en la posibilidad de llegar a un punto que, aunque remoto, consiga acercarse levemente al anhelo que nos llevó a concentrar horas y energías frente al papel, la pantalla o el texto. Caminamos a tientas, guiándonos con manos e intuiciones y tratando de aprovechar los traspiés para alcanzar más rápido asideros que nos faciliten coartadas para seguir creciendo. Partimos de la oscuridad y a menudo nos asentamos en ella durante meses, prisioneros de las dudas y la inseguridades, queriendo encontrar respuestas que nos legitimen; quizás más, respuestas capaces de dotarnos de sentido en esa tarea un tanto absurda de apostar por las ideas en un mundo materialista. Así funcionamos cuando, prosistas, tratamos de descubrir los materiales con los que se construya la posibilidad remota de describir el mundo desde nuestra óptica particular; así se da en el caso de los novelistas, privilegiados creadores a quienes se nos consiente como válida la condena de acumular párrafos y generar decenas de miles de palabras para enhebrar una ficción, pero ¿qué sucede con los poetas?

Ellos, los poetas, son los alquimistas de esta profesión de fabuladores, esos magos de habilidad milenaria y oscura que consiguen el prodigio de licuar el sentido del mundo para condensarlo en palabras sobre las que descansa la complejidad del universo. Sigilosos en su tarea, observan la vida con una pausa especial, las pupilas registrando irisaciones inaccesibles para la mayoría, asentando los conceptos y acumulando palabras –las mismas que utiliza el autor para sus novelas- en una alacena prodigiosa donde van adquiriendo capas de sentido y barnices polisémicos. Los poetas trabajan con el mismo material que empleamos los hablantes de un idioma, quienes redactan tediosos memorandos técnicos, multas de tráfico, listas de la compra o inventarios de ofensas; utilizan la lengua común cuyos límites forzamos los escritores para construir universos paralelos e irreales, y logran darle una nueva vuelta de tuerca, renovándola para obtener de ella un uso revolucionario asentado en la síntesis, los matices y la hermosura, hasta conseguir que cuente más de lo que cualquier otro lograría, pero con mucho menos; livianos, sincréticos, prestidigitadores.



Así sucede en estas ‘Partituras de runa blanca’, en las que Ingrid Da presenta una visión del mundo secuenciada en triadas –aforismo, concepto y poema- de cuya lectura conjunta se infiere un sentido completo, inspirador y de carácter motivacional. Las diversas etapas de este libro se recorren con una insólita celeridad pausada, la fluidez de las ideas y sus términos facilitando la transición del lector mientras la profunda carga de contenido de sus afirmaciones le obliga a la reflexión. El lenguaje, entonces, se muestra en el esplendor de su uso poético, atornasolado en la acumulación de sentidos, camaleónico, bello y claro en la construcción de un mensaje que tiene mucho de liberación personal, búsqueda de un lugar en el mundo y justificación del proceso que, irremediablemente rupturista, lleva a la consecución de una voz propia, única y reconocible en toda circunstancia.
Como ya lo hiciera en su primera obra, ‘Existencia a través del Infinito’, Ingrid Da exhibe su valentía en la búsqueda de una utilización lírica del lenguaje, recorriendo el espacio umbrío con determinación, y emergiendo de él con una clara visión de las palabras. En su pesquisa creativa, consigue la prodigiosa transfiguración del idioma que caracteriza a los hacedores de versos, tomando posesión de la semántica y forzando la aparición de sus sutilezas; en el férreo dominio de los vocablos, logra de ellos un servicio vibrante, luminoso, plagado de detalles y, al mismo tiempo, abierto a la reinterpretación de quien lee. Esta dote de los poetas es todavía más fascinante en el caso de Ingrid Da, lituana y políglota, en quien las ramificaciones del lenguaje parecen naturales, inconscientes, intuitivas y fértiles en la equívoca apariencia de imprecisión; sus poemas se construyen con el paso firme de los titubeantes, tan vanguardistas en la combinación de los términos que son capaces de mostrar un idioma nuevo, mejorado, a quien osa completar su ruta.

En su segunda obra, Ingrid Da deja ver la riqueza de quien maneja, además, los secretos de la música: tienen sus poemas un sonido propio, reconocible y vigoroso, un tono que toma ciertas armonías de las canciones de la autora, y que permite intuir la consolidación de una voz cada vez más poderosa, un prisma de observación que nos irá dejando progresivos mapas, hermosos y exóticos como aves del paraíso, necesarios para conducirnos en esta galaxia de incomprensiones con la certeza de quienes se saben en la ruta adecuada.

V

PS: Epílogo para el poemario 'Partituras de runa blanca', de Ingrid Da, que se puede adquirir aquí: