jueves, 27 de abril de 2017

Epílogo a 'Partituras de runa blanca', de Ingrid Da

Armonías, palabras transfiguradas, sueños de literatura
Víctor Charneco, escritor y periodista. Autor de la novela ‘Devuélveme a las once menos cuarto’ y del libro de relatos ‘Duelos’

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.
Autopsicografía, Fernando Pessoa

La literatura es una búsqueda, un proceso tan hermoso como arduo en el que el autor, a solas con sus anhelos, miedos y sueños, trata de encontrar algo que no siempre tiene identificado en el momento de ceder al impulso primero de la creación. Sentado ante su mesa de trabajo, acomete la tarea de contar una historia que narre el mundo, que se pueda incorporar al mundo y que no entre en contradicción con el mundo; una trama que sirva para explicar a los humanos, sus pasiones, alegrías y modos de relacionarse, pero que sobre todas las cosas, le explique a sí mismo y sea capaz de dar un sentido a su presencia en la Tierra, que responda a sus deseos o tenga la heroica responsabilidad de conjurar sus demonios. Escribir, por tanto, es una misión indeterminada, de procedimientos desconocidos y llena de rincones oscuros a los que, con algo de suerte y un mucho de esfuerzo, tal vez el texto consiga poner luz. Un acto voluntario, en cualquier caso, si es que se pueden aislar las características de la voluntariedad en un proceso que te atrapa y se adhiere a cada una de las secuencias de tu vida, horas, minutos, por supuesto segundos, envueltos en el turbión obsesivo de los personajes y sus circunstancias.

La literatura, pues, es una intuición, un camino indagatorio en el que el autor, armado por la brújula única de su pasión, va recorriendo los hitos marcados para componer el mapa donde, finalmente, se habrá de interpretar el conjunto. Con esas únicas herramientas aspiracionales y un hatillo con los alimentos básicos del espíritu, comienza a andar, a ratos con la celeridad del caminante bien instruido, otros en la lentitud persistente del experimentado; las menos con esa extraña forma de caminar que consiste en no moverse del mismo punto, los ojos recorriendo el espacio para leer en él las señales que garanticen, no el éxito, sino tan sólo la posibilidad de continuar en la búsqueda. Conforme los pies hollan el terreno, quien escribe va accediendo a algunas de las certezas que conformarán su cartografía de la ficción: en las progresivas líneas de nivel se fijarán los personajes y sus caracteres, el tono de la narración, su ritmo y tramas, e incluso el nivel de introspección en los protagonistas, cuánto debemos asomarnos a sus interiores para poder entenderlos. La topografía final cumple con la satisfacción de lo que nos deposita ante el producto redondo y hermoso de una travesía personal cuya pretensión última es la universalidad.

Quienes nos adentramos en esta búsqueda lo hacemos armados por la fortaleza acerada de los sueños, conscientes de la dificultad de la tarea y esperanzados en la posibilidad de llegar a un punto que, aunque remoto, consiga acercarse levemente al anhelo que nos llevó a concentrar horas y energías frente al papel, la pantalla o el texto. Caminamos a tientas, guiándonos con manos e intuiciones y tratando de aprovechar los traspiés para alcanzar más rápido asideros que nos faciliten coartadas para seguir creciendo. Partimos de la oscuridad y a menudo nos asentamos en ella durante meses, prisioneros de las dudas y la inseguridades, queriendo encontrar respuestas que nos legitimen; quizás más, respuestas capaces de dotarnos de sentido en esa tarea un tanto absurda de apostar por las ideas en un mundo materialista. Así funcionamos cuando, prosistas, tratamos de descubrir los materiales con los que se construya la posibilidad remota de describir el mundo desde nuestra óptica particular; así se da en el caso de los novelistas, privilegiados creadores a quienes se nos consiente como válida la condena de acumular párrafos y generar decenas de miles de palabras para enhebrar una ficción, pero ¿qué sucede con los poetas?

Ellos, los poetas, son los alquimistas de esta profesión de fabuladores, esos magos de habilidad milenaria y oscura que consiguen el prodigio de licuar el sentido del mundo para condensarlo en palabras sobre las que descansa la complejidad del universo. Sigilosos en su tarea, observan la vida con una pausa especial, las pupilas registrando irisaciones inaccesibles para la mayoría, asentando los conceptos y acumulando palabras –las mismas que utiliza el autor para sus novelas- en una alacena prodigiosa donde van adquiriendo capas de sentido y barnices polisémicos. Los poetas trabajan con el mismo material que empleamos los hablantes de un idioma, quienes redactan tediosos memorandos técnicos, multas de tráfico, listas de la compra o inventarios de ofensas; utilizan la lengua común cuyos límites forzamos los escritores para construir universos paralelos e irreales, y logran darle una nueva vuelta de tuerca, renovándola para obtener de ella un uso revolucionario asentado en la síntesis, los matices y la hermosura, hasta conseguir que cuente más de lo que cualquier otro lograría, pero con mucho menos; livianos, sincréticos, prestidigitadores.



Así sucede en estas ‘Partituras de runa blanca’, en las que Ingrid Da presenta una visión del mundo secuenciada en triadas –aforismo, concepto y poema- de cuya lectura conjunta se infiere un sentido completo, inspirador y de carácter motivacional. Las diversas etapas de este libro se recorren con una insólita celeridad pausada, la fluidez de las ideas y sus términos facilitando la transición del lector mientras la profunda carga de contenido de sus afirmaciones le obliga a la reflexión. El lenguaje, entonces, se muestra en el esplendor de su uso poético, atornasolado en la acumulación de sentidos, camaleónico, bello y claro en la construcción de un mensaje que tiene mucho de liberación personal, búsqueda de un lugar en el mundo y justificación del proceso que, irremediablemente rupturista, lleva a la consecución de una voz propia, única y reconocible en toda circunstancia.
Como ya lo hiciera en su primera obra, ‘Existencia a través del Infinito’, Ingrid Da exhibe su valentía en la búsqueda de una utilización lírica del lenguaje, recorriendo el espacio umbrío con determinación, y emergiendo de él con una clara visión de las palabras. En su pesquisa creativa, consigue la prodigiosa transfiguración del idioma que caracteriza a los hacedores de versos, tomando posesión de la semántica y forzando la aparición de sus sutilezas; en el férreo dominio de los vocablos, logra de ellos un servicio vibrante, luminoso, plagado de detalles y, al mismo tiempo, abierto a la reinterpretación de quien lee. Esta dote de los poetas es todavía más fascinante en el caso de Ingrid Da, lituana y políglota, en quien las ramificaciones del lenguaje parecen naturales, inconscientes, intuitivas y fértiles en la equívoca apariencia de imprecisión; sus poemas se construyen con el paso firme de los titubeantes, tan vanguardistas en la combinación de los términos que son capaces de mostrar un idioma nuevo, mejorado, a quien osa completar su ruta.

En su segunda obra, Ingrid Da deja ver la riqueza de quien maneja, además, los secretos de la música: tienen sus poemas un sonido propio, reconocible y vigoroso, un tono que toma ciertas armonías de las canciones de la autora, y que permite intuir la consolidación de una voz cada vez más poderosa, un prisma de observación que nos irá dejando progresivos mapas, hermosos y exóticos como aves del paraíso, necesarios para conducirnos en esta galaxia de incomprensiones con la certeza de quienes se saben en la ruta adecuada.

V

PS: Epílogo para el poemario 'Partituras de runa blanca', de Ingrid Da, que se puede adquirir aquí:

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